Hilo Musical

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El sol de los mimbres

septiembre 27th, 2010 · No Comments · Sin categoría

Yo no hice la mili.Yo entrevisté a Javier Calvo a los 22 años.

“¿Pero vas a enchufar eso?”, me preguntó, con la delicadeza de un tornero fresador. “Te recomiendo que para hacer una entrevista, pulses el botón de grabar. Así igual pones algo de lo que te he dicho”, añadió, con la sabiduría de un filósofo con metralleta.

Porque yo llevaba diez minutos de entrevista sin sacar la grabadora. Y porque quizás mi cara de lenguado no era una invitación a la confianza en una memoria prodigiosa como el chip. Porque megüé en mi tamaño alarmantemente como el Dr. Slump cuando se deja raptar por sus hipocondrías y sus miedos.

Aquello sucedió en el bar de los sofás. En uno de esos bares de diseño, fruto de la curda olímpica que, resaca bíblica mediante, amnesió cualquier posibilidad de otro tipo (anterior) de ciudad (y de bar), que en realidad nunca llegamos a disfrutar (pero es que uno nunca debería escribir sobre sus nostalgias, sino sobre las de sus mayores).

Semanas después salía la entrevista. “Soy siete veces más grande que tú”, la titulé.

Luego procedí a encerrarme como Holmes en sus épocas de tocarse el violín a dos manos. Como un ikikumori con antecedentes penales. Como un mequetrefe que juega al escondite (detalle: el mocoso es judío y le toca pillar a un oficial de bigote recortado, erres arrastradas y monóculo, que le quiere dar por exactamente las dos últimas sílabas de la palabra que refiere la lente que lleva en el ojo).

Pero Xavi me escribió. Descojonándose. Le había gustado la entrevista. Lo otro era una especie de prueba para periodistas desnortados que quedan en bares con sofás y que no tienen la delicadeza de enchufar la puta grabadora.

Ocho años después, Xavi lanza su novela Suomelinna en el mismo sello y mes que Hilo musical. Un libro, corto y grande, que es un tambor de Xavi concentrado: death metal, audaces juegos con el lector con el humor como motor -pero juegos ludicos, no pesados, juego como los de Tibor Fisher, por poner un ejemplo-, pulsiones de nobleza oscura y frío adolescente. Y la constatación, quizás triste pero honesta, de que nuestras existencias son coreografías, de que todo conato de innovación es la copia de un estereotipo ya escrito, de que todo lo que te ha pasado, ya le ha pasado a alguien y lo ha sentido del mismo modo.

Llego a Suommelina aún sacudido por el impacto de Corona de flores. Ecos de Cunqueiro, de la novela decimonónica inglesa, de Holmes y de Lupin, de folletín de alto quilate (el folletín, lo dijo alguien, es ancho), de gas victoriano, del misterio de la escritura. Corona de flores debería ser una saga. Sus entregas llegarían al puerto de Nueva York y los de allí recibirían a los europeos y los coserían a preguntas para saber qué es lo siguiente que pasa con los personajes de Calvo. Poque tiene madera (de boj, que diría el del orinal) de ficción perdurable. Sin concesiones ni giros baratos, tiene madera de libro que debería ocupar las manos de todos los viajeros de los vagones de metro. Porque Calvo es como un escritor de la academia de X-Men, que controla ahora más que nunca sus poderes, que no lanza bolas de fuego con un chasquido sólo porqe puede hacerlo, que pone su don al servicio de algo importante: la trama, la emoción, los escotillones literarios abiertos a todo el que quiera asomarse al interior.

Suomelinna, aun escrita antes que Corona de flores, llega envuelta en los ecos de ésta. La corona de flores letal con la que quieren tocar lacabeza de la protagonista de The Wicker Man, la película que más veces ha visto -más que nadie- la protagonista de esta novela corta -incluso más veces que el autor de la novela y que el plumilla de este texto-homenaje-.

Calvo se sube a un barco rumbo a Finlandia para explicar las peores (que son las mejores) pulsiones adolescentes. Pero esto no es una metáfora. No es una metáfora. El que le reclame metáforas, recibirá ventiscas y conjuros de Crowley. El que quiera metáforas, que espíe en los Facebook o que busque narraciones flácidas en tapas duras.

Suommelina es la canción death metal de Xavi. Redonda y astillada. Sin estribillos ni rodeos. La paloma de cierto tipo de literatura ensartada en una novela-flecha.

Aún acopla chillidos, samplea recursos, versiona escenas y no ahorra ambición incluso al detalle, incluso en la distancia corta. Pero el hermetismo brilla por su ausencia con el fulgor y el peligro del fuego primitivo. Y todos nos sentamos en círculo a escuchar la historia y a presenciar el rito. A celebrar la hoguera y el incendio. Calvo ya es un Tusitala (de los que casi no quedan), un contador de historias que maneja todos los trucos de mago (negro) experimentado. Que posee en exclusiva algunos mimbres.

En otra ocasión hablé con Xavi del cine de Anger (hasta que llegaron otros con otras historias en un bar que ya sabíamos prescindible), incluso un día charlamos sobre Kingsley Amis y su humor de mascletá.

En Hilo hablo del comportamiento de los delfines, que buscan rutas siempre acompañados de experimentados atunes. Querría ahorrar al lector la broma de usar el apellido del escritor, nombre también de una conocida marca de atún y bonito del norte (del norte como el viento del norte, como las novelas de Calvo). Pero no puedo hacerlo.

Parece un feliz desenlace hacer este pequeño viaje con Suommelina. Compartir al menos un mes la travesía a cascotes polares. Ejercer de grumete con el pirata-capitán que me dio esa necesaria colleja (y aquí la colleja no debe leerse en sentido literal, como sí debe leerse su novela y los elogios de este post). Si hago una metáfora más, me corto el undécimo dedo.

La lectura como lujo al alcance de todos. Celebremos, hasta la hora de los sacrificios, esta ofrenda literaria. Viajemos a, aprendamos de, Suomelinna.

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