Hilo Musical

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Las catacumbas de Disneylandia (y de Villa Verano)

septiembre 7th, 2010 · No Comments · Sin categoría


UNO.
Titulares con gancho, reclaman el docente y el director. Y, a menudo, las dinámicas azarosas de una civilización que tiene como único motor el absurdo conceden el deseo. Aquí, tres ejemplos:
1) Fallece el chelista de la Electric Light Orchestra sepultado por 600 kilogramos de heno.
2) Detenido un hombre por tomar al asalto un club de Granada al grito de “esta noche manda mi polla”.
3) Arrestan a Mickey Mouse y a Peter Pan en el parque infantil de Disneylandia, en Anaheim.


DOS.
La lectura de estos titulares totalmente verídicos dispara imágenes en el lector del diario: el Pato Donald, amonestado por pasearse con la chaquetita de marinero y en pelota picada de cintura para abajo; Blancanieves sufre el conato de bukake de siete enanos; Campanilla cobra ilegalmente lap-dances en los rincones del parque.
La realidad, claro, es otra. Los detuvieron por manifestarse en el Lugar Más Feliz de la Tierra para reclamar seguro médico y para protestar por los recortes de jornada y salario.
El mundo de Villa Verano, parque temático que sirve como escenario de cartón piedra para Hilo musical, surge de la suma de estos dos vectores: la interpretación fantasiosa de los hechos por la vía de las reducciones al absurdo y la realismo de este tipo de manifestaciones de las que ahora daremos cuenta y detalles.


TRES.
Leo en Mientras escribo, el honestísimo manual de escritura de Stephen King, que todos los relatos nacen de una imagen. La de Hilo musical fue el precioso lienzo publicado en la revista satírica The Realist, en 1967, meses después de que Tito Walt se mudara a otro barrio –al barrio de Elvis, Jim Morrison y Robert Smith- o lo criogenizaran.
El dibujo es un espejo deformante del Lugar Más Feliz del Mundo. También es, a su modo, revelador. Versión gamberra del Jardín de las delicias del Bosco, revela muchas de las leyendas y realidades que han forjado el mito de las catacumbas de Disneylandia.

CUATRO.
Porque esta dualidad entre el mundo aséptico y coreografiado de la superficie y el oculto, la logia secreta subterránea y las fiestas prohibidas, es otro motor de la novela. Villa Verano es una versión libérrima y de nuestra costa, hija espuria de la cultura del ladrillazo.
En Disneylandia, se rumorea que nadie puede morir -en Villa Verano, nadie parece crecer-. Si lo hace, lo llevan fuera del recinto, ni que sea a un par de metros, para que no contamine el lugar. “Han venido a evadirse y la magia nunca se puede romper”, era el lema de Walt. Así que todos los trabajadores deben dejar sus coches a un par de quilómetros y subirse a un autobús que los lleva por unos túneles subterráneos a los lugares donde deben cambiarse de ropa.
Son muchas las leyendas que circulan sobre la vida en las catacumbas de Disneylandia. Y muchas las que ha recogido Tyler Gray en su libro Wild Kingdom, donde entrevista a testimonios de primera clase como un ex Pluto o un hombre que ha interpretado a Donald, Minnie y a cinco de los siete enanitos Allí se cuenta que los trabajadores, a seis dólares la hora, se evaden en bacanales y se drogan más que Maradona para poder soportar tener que sonreír todo el rato y hacer el mono para los niños. Son famosas, también, las películas que ruedan allí, con los animales de peluche empalándose, bebiendo wisqui y fumando marihuana. Las estrenan en un banquete anual para los personajes que tiene lugar en algún punto de so más de dos kilómetros de túneles que recorren el complejo. Películas con stripteasse de la Sirenita o bailes raperos de Pluto.
Esos pasadizos son conocidos como el zoo, porque conviven en armonía ardillas con perrotes y con ratones con minifalda indecente. Allí es donde se relajan de la coreografía lobotomizada que deben desarrollar ahí arriba, en la superficie, donde suena el hilo musical. No sólo en ellos se divierten los personajes, también lo hacen en el Vista Way, un complejo de mil habitaciones para los trabajadores más pobres, donde no van cortos de fiestas.
También se sabe que existe un selecto club, el Club 33, al que se accede por una puerta de la atracción Piratas del Caribe. Una suerte de club de polo, con cuota anual de 15.000 dólares, donde se puede beber y fumar -algo que no se puede hacer en el resto del recinto-. No os apuréis, la lista de espera para inscribirse supera los tres años, y el mundo subterráneo es muho más divertido.
Pero, más allá de todo lo que sucede en las mazmorras de los trabajadores, mi anécdota favorita sobre Disneyworld es la que protagonizaron los Yippies, uno de mis grupos contraculturales favoritos, hermanos malotes y divertidos de los ya sedados como lemmings hippies. A finales de los 70, decidieron protestar contra el código estético y de valores de Disneylandia y contra la colaboración de la empresa en la guerra de Vietnam. Repartieron 500 flyers con su propaganda distribuidos donde se daba un programa del día que incluía un desayuno de Panteras Negras, un encuentro subversivo en el bote del Capitán Garfio, un curso de autodefensa, una barbacoa en la zona del cerdito de Bugs Bunny o, lo mejor, la Liberación Oficial de la Isla de Tom Sawyer. Allí fumaron marihuana como locomotoras, gritaron que se dirigían a Camboya e increparon a algunos animalicos, mientras los visitantes, en defensa de tamaño ultraje, se defendieron gritando a pleno pulmón God bless america. El recinto, por primera vez, cerró cinco horas antes de lo previsto.

Y CINCO.
Son muchos, e inescrutables –con o queda mejor: inescrotables-, los caminos narrativos que pueden llegar a explicar una situación o a tomar el pulso de unos años. La ciencia ficción, visionaria, siempre será más veraz que el costumbrismo para explicar las histerias y megalomanías de una civilización. Lo mismo que el humor, el único que –Vonnegut, Heller, Pynchon, Mel Brooks- pudo buscar salida a la Segunda Posguerra Mundial.
Villa Verano, también Hilo musical, se quiere colocar silenciosamente, y presentando todos sus respetos, en esta tradición.

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