Miqui Otero

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El Resplandor (o por qué me odio cuando estoy acabando una novela)

enero 24th, 2015 · No Comments · Sin categoría

Poblet era una fiesta

* Esta es la primera versión (¡más larga!, ¡más indigesta!, ¡más histérica!, ¡más tourette!) del artículo que me encargaron sobre cómo me sentía en el tramo final de la escritura de una novela (spoiler: mal). La versión publicada en la web de El País es ésta: ttp://elpais.com/elpais/2015/01/22/icon/1421886332_893895.html

Los lectores clínicamente masoquistas pueden leer el (algo más delirante) primer draft de ese texto. Un rosario de comportamientos desviados en forma de expediciones en las que se proyecta imagen de pedófilo, cantos con monjes cistercenses y siestas cuando no toca.

1. El explorador loco.

Estoy apostado en la barandilla de la pista de hielo de la carpa que cada diciembre se levanta en Plaza Cataluña. Tiemblo, y no de emoción, pero nadie dijo que esto fuera fácil: soy valiente y virtuoso como el explorador que dedica un año entero a descubrir y fotografiar al Gran Búho Blanco. Estoy tomando notas para mi novela.

Los patinadores dibujan círculos y espirales regalando sus sonrisas (congeladas) de patinadores, mientras algunos sintecho sorben café caliente en la cantina. Con sus trencas exageradas y su cara tallada en madera, los veo como soldados cosacos esperando la siguiente batalla. Y ese grupo de niños, por ejemplo, parece una bandada de patos siguiendo a su mamá-pato y aquella pareja baila feliz algo similar a la mazurka. Para recordar el momento, le tiro una fotografía a la pista con mi móvil.

-    ¿Eh, nen, qué haces?

Se me ha acercado rapidísimamente un cenutrio con el gesto torcido. Lleva un plumón negro y abombado que lo convierte en un cruce entre Darth Vader y el Muñeco de Michelín. Tiemblo (y no solo de frío y tampoco de emoción).

-    Nada.

Ese es el secreto. Nunca digas que estás tomando notas para una novela. Hacerlo es como pedirle a alguien que no te pegue porque llevas gafas. Barro la pista con la mirada para intentar localizar a alguien de seguridad.

-    Le estabas mirando las tetas a mi novia, ¿no? Has visto cómo le botaban patinando y lo has grabado en vídeo, que te he visto. Ahora lo subirás a internet, ¿no? ¡Dame el móvil!

Me dice dame el móvil con la entonación con la que un policía requisaría un ordenador con material pornográfico a algún pedófilo. De hecho, (¡un momento!), aquí, mirando a todos estos niños y adolescentes patinando sólo me falta una gorra de hélice, una gabardina holgada y una bolsa de caramelos para proyectar exactamente esa imagen.

No estamos ante mi momento más bajo. Durante el proceso de escritura de esta novela me he recluido en la casa de la aldea y le he acabado susurrando a las vacas (que nunca piden explicaciones) capítulos enteros. También me he internado una semana entera en el Monasterio de Poblet, comiendo en un refectorio del Siglo XII en el más estricto silencio (salvo por las lecturas sobre el santo del día; Santo Tomás era un buen pavo, por lo visto) y aguardando con ilusión palpitante los salmos de las Vespres entonados por veinte monjes cistercenses (a las seis y media; juro que esperaba ese momento con la ansiedad con la que aguardaba el concierto de mi banda favorita a los 16 años; tan aburrido estaba).

Mi novia está algo harta de mis recesos espirituales, así que ahora me conformo con encerrarme en casa. Durante la gestación del anterior libro, desplegué encima de la mesa del comedor un rollo de papel gigante donde apuntaba los esquemas de la trama (parecía el mural de un asesino en serie escalofriantemente metódico: post-its de colores, flechas, fotografías; las visitas, después de cenar apoyando sus platos en taburetes, le comentaban con un susurro en el recibidor: ¿necesitáis ayuda?, ¿está bien?). Así que a menudo salgo a caminar, como he hecho toda esta tarde antes de llegar a esta pista de hielo, esta pista que se levanta anualmente en los sillares donde hace un siglo se montaba el Circo Alegría. He leído que fumar y caminar ayuda a activar las sinapsis, así que llevo toda la tarde apurando pitillos en plena marcha y ofreciendo la viva estampa de un loco que va diciendo por ahí: “Mirad, ¡soy una locomotora!”.

Me he detenido en bares para tomar notas, así que cuando no parecía un loco que se cree una locomotora tenía la pinta de algo mucho peor: un escritor maldito. Sí, de esos que emborronan servilletas, toman güisqui hasta en las pastelerías donde las señoras meriendan chocolate con churros, acorralan a damas en los baños públicos y dicen Bukowski muchas veces como si esa palabra conjurara (¡Shazam!) su espíritu o como si por mucho decirlo se parecieran a él (voy a decir muchísimas veces seguidas Michael Fasbender y luego miraré mi entrepierna a ver si ha funcionado).

-    ¿Me escuchas, nen? Dame el puto móvil o me saco este patín y te ando por la carita.

Dijo Aristóteles que la valentía es un concepto ambiguo. No es valiente el general que aguanta en su puesto cuando sabe que la batalla está perdida y que el enemigo aniquilará a sus tropas.

-    Estaba… ¡estaba pensando en mi novela! – contesto.

Y me voy corriendo mientras él porfía con sus patines. Deberían marcarnos con un brazalete fluorescente, a los que están acabando una novela. O colgarnos de la oreja uno de esos carteles de “No molestar” de los hoteles. Me detengo para anotar con mi mano ya azul, al borde de la hipotermia, esas dos ideas. Sé que no las voy a usar.

¿Estoy exagerando? Pues así es (al fin y al cabo estoy intentando escribir una novela), pero no tanto. No estoy exagerando tanto. No tanto.

2.- El hombre sedentario.

Ahora estoy en casa. Resfriado. Los escritores son como Hugh Hefner, “salvo alguna cosa”, que diría el poeta. Excepto por las chicas en bikini, los Lacasitos de Viagra, los fajos de billetes, los enanos con bandejas de plata y las botellas de Möet. Más bien solo se parecen a Hugh Hefner en que trabajan en pijama (con batín, en el mejor de los casos).

Estoy escrutando mi nevera en “crecimiento negativo” (que también diría el poeta) y pensando en bucle en cómo contestar a mi agente, a la que le dije que estaba pletórico con la nueva novela después de salir del Monasterio de Poblet (el vino de la casa es muy bueno allí: lo cultivan en los viñedos de los alrededores). No sé cómo confesarle ahora que en realidad voy a tardar más (entendiendo más como cláusula temporal abierta). Ella es encantadoramente amable, como también lo es mi editor, pero no le he respondido ni un mail. Es lo que Joan Didion bautizó como  “alienación de uno mismo”: “En sus fases más avanzadas, ya no contestas al teléfono; la posibilidad de decirles que no sin ahogarnos a nosotros mismos en un mar de reproches resulta impensable. El espectro de algo tan pequeño como una carta sin responder genera una culpa tan desproporcionada que ya resulta imposible responderla”. Tú me entiendes, Joan. Tú y yo, soldados sin batalla; los dos, manteniendo guardia; tú y yo, protegiéndonos, bailando el ritmo del mismo tambor; los dos, soldados del amor. Tengo que dejar de citar a Olé Olé si quiero acabar la novela.

Me preparo el tercer té del día (¡y subiendo!). Es importante hacerlo con esmero, porque cuando acabes de prepararlo estarás otra vez frente al ordenador y entonces el clip de Word (no sé si tienen el gusto: aparece cuando llevas mucho rato sin teclear ni una letra; somos viejos amigos) parpadeará y te mirará con una mueca preñada de condescendencia metálica, como queriéndote decir: “¿Qué, nen, vas a escribir algo? No tengo todo el día”.

Estar acabando una novela es para el escritor lo mismo que el pollo después de la medianoche para el Gremlin. Te vuelves suspicaz como un jorobado e irascible como un portero de discoteca hasta las trancas de anfetas. Instalado en una obsesión pertinaz, incubas una ciclotimia que oscila entre la euforia absoluta (llegas a hablar de ti en tercera persona, como los futbolistas de élite, Belén Esteban y Julio César) y la autocompasión más miserable.

Un buen amigo, que también a veces está acabando novelas (y ofreciendo patrones de comportamiento desviado diferentes en la forma, pero en el fondo parecidos), me chincha con que yo siempre pregono a los cuatro vientos lo que estoy escribiendo. Lo llamaremos Frank Hamacas.

-    Tú siempre explicas todo… porque si no piensas que no lo vas a escribir -dice Hamacas.

Lo odio cuando da en el clavo. Estamos de pie orinando en sendos retretes fijados a la pared y me asalta la tentación de girar 90 grados mi espada de micción láser y dejarlo perdido.

-    Eso no es cierto -ajusto con el índice izquierdo el puente de mis gafas, mientras manejo con la mano derecha mi arma secreta.

-    En cuanto caigan dos birras más me vas a dar la brasa durante tres horas.

-    ¡Qué va! -risa nerviosa. Recuerdo un episodio de este agosto: di una conferencia en una librería de Berlín. No pensaba hablar de la nueva novela, pero durante la charla le iba dando sorbos a una de esas cervezas de medio litro: acabé sacando el manuscrito y leyendo, ante un auditorio que cabeceaba adormilado, las cuarenta primeras páginas, de las que han sobrevivido tres-

-    ¿Me escuchas? Tres birras y lo sueltas todo.

-    No sé por qué dices eso: nunca explico nada, si te fijas.

Tres cervezas después sabe hasta la bebida favorita de mi protagonista y también que su madre le graba aún el nombre en sus calzoncillos. También se lo intento explicar con gráficos al vendedor de cupones y por supuesto a la señora de la limpieza del bar, que me amenaza con quemarse a lo bonzo con una garrafa de salfumán si sigo insistiendo. No lo he podido evitar. Este texto es la demostración de que quizás Frank Hamacas tenga razón.

Contar lo que estás escribiendo es casi como confesarte ante un sacerdote. Porque, diré más, cuando estás acabando en una novela en todo momento te sobreviene la culpa católica: incluso cuando estás escribiendo, te flagelas como un nazareno con un látigo de púas por no estar escribiendo otra cosa (o escribiendo mejor). En los momentos de bloqueo, que aprovechas para hacer recados y permitirte licencias (al fin y al cabo, te dices, “los placeres simples son el refugio de los hombres complicados”), deseas volver a casa en todo momento: vives varado en una sensación muy parecida a tener el piso desordenadísimo y a no haberte dado una ducha en semanas. De hecho, en ocasiones, cuando encadenas varios días de escritura y bajas a por tabaco, ofreces exactamente ese índice de higiene.

Ay, de los teleoperadores de telefonía que osen interrumpirte con alguna oferta: descargarás sobre ellos la ira que emplearía Calígula al ver a alguien manoseando el morro de Incitatus (su caballo). Ay, de ese que te llame con la excusa de pedirte la lectura del gas: lo despacharás como un oficial de la Wehrmarcht en uno de aquellos campamentos.

En el escritorio, tres bolsas de pipas, un amasijo de chicles en el cenicero que parece un ectoplasma portátil, post-its por toda la pared, una Torre de Watts de libros, el clip de Word en la pantalla: “¿Qué nen? Que he quedado con una clip de la versión 97. ¿Escribes o no?”.

Entonces es cuando me estiro en mi sofá con la cabeza apoyada sobre ese doble cojín. Me sacudo las cáscaras de pipas que he engullido mientras conversaba con el clip de Word. Y, secuencia inevitable, descabezo un sueñecito con el libro abierto sobre la cara (la máscara de mi vergüenza) y con las manos cruzadas sobre el pecho. En ese instante entra mi novia, después de trabajar durante diez horas. Hace exactamente una yo le he insuflado ánimos diciéndole que le prepararía la cena.

-    ¿Se puede saber qué haces?

Y yo me froto los ojos resecos con la mano, en cuya palma sobreviven anotaciones escritas con letra de médico justo antes de dormirme. Son absolutamente incomprensibles: cuchillas, hielo, Doritos, divorcio. Tan crípticas que no se sabe bien si son notas para la novela o listas de la compra. Me incorporo en el sofá con la dignidad de un bailarín que se ha caído dando un paso y digo:

-    Estaba pensando en mi novela.

¿Recuerdan aquel poema de Pablo Neruda? Sí, hombre:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Pongan un no delante de cada verbo (No me gusta cuando) y cambien “beso” por “hostia” y “se te hubieran volado los ojos” por “volarte las gafas (de una bofetada)”, y sabrán exactamente qué piensan los seres más cercanos de la gente que está acabando una novela (y que se pasa el día en el sofá pensando en cómo resolverla).

3.- La urraca psicópata.

Estar escribiendo una novela es muy parecido a estar arruinado. Primero, porque a menudo lo estás. Pero como la mujer del César, que no sólo tenía que ser honrada sino también parecerlo, cultivas un look extraño que evoque un gran mundo interior: los tejanos gastados, la sudadera de Barcelona 92 (tan vieja que parece de Barcelona 29) de color rojo, la bufanda de color lila. Una boina opcional. Ofreces, en definitiva, todo el aire de un sonámbulo expulsado de un incendio; un sonámbulo que haya entrado corriendo en una tienda de ropa Humana (de las de prendas de cuarta mano) saliendo por la puerta de atrás habiendo arramblado con todo.

Pareces, además, arruinado, porque quedas con viejos amigos de forma interesada, del mismo modo que la gente en quiebra lo hace para pedirles dinero. O historias. Aquel amigo que no ves hace tiempo y que te suena que podría servir para aquel secundario, mensaje de texto conciliador. Eres, en definitiva, una urraca: todo lo que brilla puede ser susceptible de acabar en la novela. Como con el cerdo, todo se aprovecha.

Me cito con un antiguo amigo, que a traición (maldito insensible, ¡hemos venido a hablar de mi libro!) se dispone a relatarme la ruptura con su novia de toda la vida. Lo veo mover los labios desde hace un buen rato y asiento como un muñeco en el salpicadero de un coche: por inercia y sin convicción. Ajá. Tengo la mirada hueca, seguro. No le estoy escuchando en absoluto, porque hace exactamente cinco minutos en la mesa de al lado una pareja de adolescentes ha dicho la frase: “Creo que seremos jóvenes demasiado tiempo”.  La estoy repitiendo mentalmente para no olvidarla y poder usarla. Mi amigo continúa abriendo la boca y cerrándola (indudablemente: me recuerda a un pez boqueando).

- Y entonces fue cuando decidí ir a tu casa, meter Fairy en la aceitera, prenderle fuego a todos tus discos y encamarme con tu novia. ¿Me escuchas?

-    Sí, claro.

-    ¿Qué he dicho?

Silencio. Balas de paja ruedan entre mi amigo y yo. Pruebo:

-    Que echas de menos a tu novia y que si tenía fuego. Y algo del Fairy.

Estoy bastante orgulloso con la sinopsis que le he entregado.

-    Tío, es difícil discutir con un imbécil: te tienes que poner a su altura y ahí él tendrá más ventaja.

Eso es bueno, pienso. Muy bueno. Extraigo disimuladamente la libreta que siempre guardo en el bolsillo mientras ensayo un rosario de excusas y apunto por debajo de la mesa la frase que me acaba de decir.

-    ¿Qué haces debajo de la mesa?

-    Nada, frotándome las manos. Es que hace frío.

Voy en manga corta. La calefacción ha derretido los cubitos de mi refresco. Un vecino de la mesa contigua se ha puesto las gafas de sol porque los rayos restallan en las mesas de formica del bar.

-    En serio, ¿qué haces?

Lo siento. Este amigo es psicólogo. Seguro que está revisando la definición de psicópata: “marcado comportamiento antisocial, empatía y remordimientos reducidos”. Tengo que ofrecerle una explicación. Sólo me queda una salida.

-    Estoy algo despistado últimamente.

-    Tranquilo. Todo tiene arreglo. Hay cosas peores. Explícame…

-    Es que estoy…

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