Hilo Musical

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El Resplandor (o por qué me odio cuando estoy acabando una novela)

enero 24th, 2015 · Sin categoría

Poblet era una fiesta

* Esta es la primera versión (¡más larga!, ¡más indigesta!, ¡más histérica!, ¡más tourette!) del artículo que me encargaron sobre cómo me sentía en el tramo final de la escritura de una novela (spoiler: mal). La versión publicada en la web de El País es ésta: ttp://elpais.com/elpais/2015/01/22/icon/1421886332_893895.html

Los lectores clínicamente masoquistas pueden leer el (algo más delirante) primer draft de ese texto. Un rosario de comportamientos desviados en forma de expediciones en las que se proyecta imagen de pedófilo, cantos con monjes cistercenses y siestas cuando no toca.

1. El explorador loco.

Estoy apostado en la barandilla de la pista de hielo de la carpa que cada diciembre se levanta en Plaza Cataluña. Tiemblo, y no de emoción, pero nadie dijo que esto fuera fácil: soy valiente y virtuoso como el explorador que dedica un año entero a descubrir y fotografiar al Gran Búho Blanco. Estoy tomando notas para mi novela.

Los patinadores dibujan círculos y espirales regalando sus sonrisas (congeladas) de patinadores, mientras algunos sintecho sorben café caliente en la cantina. Con sus trencas exageradas y su cara tallada en madera, los veo como soldados cosacos esperando la siguiente batalla. Y ese grupo de niños, por ejemplo, parece una bandada de patos siguiendo a su mamá-pato y aquella pareja baila feliz algo similar a la mazurka. Para recordar el momento, le tiro una fotografía a la pista con mi móvil.

-    ¿Eh, nen, qué haces?

Se me ha acercado rapidísimamente un cenutrio con el gesto torcido. Lleva un plumón negro y abombado que lo convierte en un cruce entre Darth Vader y el Muñeco de Michelín. Tiemblo (y no solo de frío y tampoco de emoción).

-    Nada.

Ese es el secreto. Nunca digas que estás tomando notas para una novela. Hacerlo es como pedirle a alguien que no te pegue porque llevas gafas. Barro la pista con la mirada para intentar localizar a alguien de seguridad.

-    Le estabas mirando las tetas a mi novia, ¿no? Has visto cómo le botaban patinando y lo has grabado en vídeo, que te he visto. Ahora lo subirás a internet, ¿no? ¡Dame el móvil!

Me dice dame el móvil con la entonación con la que un policía requisaría un ordenador con material pornográfico a algún pedófilo. De hecho, (¡un momento!), aquí, mirando a todos estos niños y adolescentes patinando sólo me falta una gorra de hélice, una gabardina holgada y una bolsa de caramelos para proyectar exactamente esa imagen.

No estamos ante mi momento más bajo. Durante el proceso de escritura de esta novela me he recluido en la casa de la aldea y le he acabado susurrando a las vacas (que nunca piden explicaciones) capítulos enteros. También me he internado una semana entera en el Monasterio de Poblet, comiendo en un refectorio del Siglo XII en el más estricto silencio (salvo por las lecturas sobre el santo del día; Santo Tomás era un buen pavo, por lo visto) y aguardando con ilusión palpitante los salmos de las Vespres entonados por veinte monjes cistercenses (a las seis y media; juro que esperaba ese momento con la ansiedad con la que aguardaba el concierto de mi banda favorita a los 16 años; tan aburrido estaba).

Mi novia está algo harta de mis recesos espirituales, así que ahora me conformo con encerrarme en casa. Durante la gestación del anterior libro, desplegué encima de la mesa del comedor un rollo de papel gigante donde apuntaba los esquemas de la trama (parecía el mural de un asesino en serie escalofriantemente metódico: post-its de colores, flechas, fotografías; las visitas, después de cenar apoyando sus platos en taburetes, le comentaban con un susurro en el recibidor: ¿necesitáis ayuda?, ¿está bien?). Así que a menudo salgo a caminar, como he hecho toda esta tarde antes de llegar a esta pista de hielo, esta pista que se levanta anualmente en los sillares donde hace un siglo se montaba el Circo Alegría. He leído que fumar y caminar ayuda a activar las sinapsis, así que llevo toda la tarde apurando pitillos en plena marcha y ofreciendo la viva estampa de un loco que va diciendo por ahí: “Mirad, ¡soy una locomotora!”.

Me he detenido en bares para tomar notas, así que cuando no parecía un loco que se cree una locomotora tenía la pinta de algo mucho peor: un escritor maldito. Sí, de esos que emborronan servilletas, toman güisqui hasta en las pastelerías donde las señoras meriendan chocolate con churros, acorralan a damas en los baños públicos y dicen Bukowski muchas veces como si esa palabra conjurara (¡Shazam!) su espíritu o como si por mucho decirlo se parecieran a él (voy a decir muchísimas veces seguidas Michael Fasbender y luego miraré mi entrepierna a ver si ha funcionado).

-    ¿Me escuchas, nen? Dame el puto móvil o me saco este patín y te ando por la carita.

Dijo Aristóteles que la valentía es un concepto ambiguo. No es valiente el general que aguanta en su puesto cuando sabe que la batalla está perdida y que el enemigo aniquilará a sus tropas.

-    Estaba… ¡estaba pensando en mi novela! – contesto.

Y me voy corriendo mientras él porfía con sus patines. Deberían marcarnos con un brazalete fluorescente, a los que están acabando una novela. O colgarnos de la oreja uno de esos carteles de “No molestar” de los hoteles. Me detengo para anotar con mi mano ya azul, al borde de la hipotermia, esas dos ideas. Sé que no las voy a usar.

¿Estoy exagerando? Pues así es (al fin y al cabo estoy intentando escribir una novela), pero no tanto. No estoy exagerando tanto. No tanto.

2.- El hombre sedentario.

Ahora estoy en casa. Resfriado. Los escritores son como Hugh Hefner, “salvo alguna cosa”, que diría el poeta. Excepto por las chicas en bikini, los Lacasitos de Viagra, los fajos de billetes, los enanos con bandejas de plata y las botellas de Möet. Más bien solo se parecen a Hugh Hefner en que trabajan en pijama (con batín, en el mejor de los casos).

Estoy escrutando mi nevera en “crecimiento negativo” (que también diría el poeta) y pensando en bucle en cómo contestar a mi agente, a la que le dije que estaba pletórico con la nueva novela después de salir del Monasterio de Poblet (el vino de la casa es muy bueno allí: lo cultivan en los viñedos de los alrededores). No sé cómo confesarle ahora que en realidad voy a tardar más (entendiendo más como cláusula temporal abierta). Ella es encantadoramente amable, como también lo es mi editor, pero no le he respondido ni un mail. Es lo que Joan Didion bautizó como  “alienación de uno mismo”: “En sus fases más avanzadas, ya no contestas al teléfono; la posibilidad de decirles que no sin ahogarnos a nosotros mismos en un mar de reproches resulta impensable. El espectro de algo tan pequeño como una carta sin responder genera una culpa tan desproporcionada que ya resulta imposible responderla”. Tú me entiendes, Joan. Tú y yo, soldados sin batalla; los dos, manteniendo guardia; tú y yo, protegiéndonos, bailando el ritmo del mismo tambor; los dos, soldados del amor. Tengo que dejar de citar a Olé Olé si quiero acabar la novela.

Me preparo el tercer té del día (¡y subiendo!). Es importante hacerlo con esmero, porque cuando acabes de prepararlo estarás otra vez frente al ordenador y entonces el clip de Word (no sé si tienen el gusto: aparece cuando llevas mucho rato sin teclear ni una letra; somos viejos amigos) parpadeará y te mirará con una mueca preñada de condescendencia metálica, como queriéndote decir: “¿Qué, nen, vas a escribir algo? No tengo todo el día”.

Estar acabando una novela es para el escritor lo mismo que el pollo después de la medianoche para el Gremlin. Te vuelves suspicaz como un jorobado e irascible como un portero de discoteca hasta las trancas de anfetas. Instalado en una obsesión pertinaz, incubas una ciclotimia que oscila entre la euforia absoluta (llegas a hablar de ti en tercera persona, como los futbolistas de élite, Belén Esteban y Julio César) y la autocompasión más miserable.

Un buen amigo, que también a veces está acabando novelas (y ofreciendo patrones de comportamiento desviado diferentes en la forma, pero en el fondo parecidos), me chincha con que yo siempre pregono a los cuatro vientos lo que estoy escribiendo. Lo llamaremos Frank Hamacas.

-    Tú siempre explicas todo… porque si no piensas que no lo vas a escribir -dice Hamacas.

Lo odio cuando da en el clavo. Estamos de pie orinando en sendos retretes fijados a la pared y me asalta la tentación de girar 90 grados mi espada de micción láser y dejarlo perdido.

-    Eso no es cierto -ajusto con el índice izquierdo el puente de mis gafas, mientras manejo con la mano derecha mi arma secreta.

-    En cuanto caigan dos birras más me vas a dar la brasa durante tres horas.

-    ¡Qué va! -risa nerviosa. Recuerdo un episodio de este agosto: di una conferencia en una librería de Berlín. No pensaba hablar de la nueva novela, pero durante la charla le iba dando sorbos a una de esas cervezas de medio litro: acabé sacando el manuscrito y leyendo, ante un auditorio que cabeceaba adormilado, las cuarenta primeras páginas, de las que han sobrevivido tres-

-    ¿Me escuchas? Tres birras y lo sueltas todo.

-    No sé por qué dices eso: nunca explico nada, si te fijas.

Tres cervezas después sabe hasta la bebida favorita de mi protagonista y también que su madre le graba aún el nombre en sus calzoncillos. También se lo intento explicar con gráficos al vendedor de cupones y por supuesto a la señora de la limpieza del bar, que me amenaza con quemarse a lo bonzo con una garrafa de salfumán si sigo insistiendo. No lo he podido evitar. Este texto es la demostración de que quizás Frank Hamacas tenga razón.

Contar lo que estás escribiendo es casi como confesarte ante un sacerdote. Porque, diré más, cuando estás acabando en una novela en todo momento te sobreviene la culpa católica: incluso cuando estás escribiendo, te flagelas como un nazareno con un látigo de púas por no estar escribiendo otra cosa (o escribiendo mejor). En los momentos de bloqueo, que aprovechas para hacer recados y permitirte licencias (al fin y al cabo, te dices, “los placeres simples son el refugio de los hombres complicados”), deseas volver a casa en todo momento: vives varado en una sensación muy parecida a tener el piso desordenadísimo y a no haberte dado una ducha en semanas. De hecho, en ocasiones, cuando encadenas varios días de escritura y bajas a por tabaco, ofreces exactamente ese índice de higiene.

Ay, de los teleoperadores de telefonía que osen interrumpirte con alguna oferta: descargarás sobre ellos la ira que emplearía Calígula al ver a alguien manoseando el morro de Incitatus (su caballo). Ay, de ese que te llame con la excusa de pedirte la lectura del gas: lo despacharás como un oficial de la Wehrmarcht en uno de aquellos campamentos.

En el escritorio, tres bolsas de pipas, un amasijo de chicles en el cenicero que parece un ectoplasma portátil, post-its por toda la pared, una Torre de Watts de libros, el clip de Word en la pantalla: “¿Qué nen? Que he quedado con una clip de la versión 97. ¿Escribes o no?”.

Entonces es cuando me estiro en mi sofá con la cabeza apoyada sobre ese doble cojín. Me sacudo las cáscaras de pipas que he engullido mientras conversaba con el clip de Word. Y, secuencia inevitable, descabezo un sueñecito con el libro abierto sobre la cara (la máscara de mi vergüenza) y con las manos cruzadas sobre el pecho. En ese instante entra mi novia, después de trabajar durante diez horas. Hace exactamente una yo le he insuflado ánimos diciéndole que le prepararía la cena.

-    ¿Se puede saber qué haces?

Y yo me froto los ojos resecos con la mano, en cuya palma sobreviven anotaciones escritas con letra de médico justo antes de dormirme. Son absolutamente incomprensibles: cuchillas, hielo, Doritos, divorcio. Tan crípticas que no se sabe bien si son notas para la novela o listas de la compra. Me incorporo en el sofá con la dignidad de un bailarín que se ha caído dando un paso y digo:

-    Estaba pensando en mi novela.

¿Recuerdan aquel poema de Pablo Neruda? Sí, hombre:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Pongan un no delante de cada verbo (No me gusta cuando) y cambien “beso” por “hostia” y “se te hubieran volado los ojos” por “volarte las gafas (de una bofetada)”, y sabrán exactamente qué piensan los seres más cercanos de la gente que está acabando una novela (y que se pasa el día en el sofá pensando en cómo resolverla).

3.- La urraca psicópata.

Estar escribiendo una novela es muy parecido a estar arruinado. Primero, porque a menudo lo estás. Pero como la mujer del César, que no sólo tenía que ser honrada sino también parecerlo, cultivas un look extraño que evoque un gran mundo interior: los tejanos gastados, la sudadera de Barcelona 92 (tan vieja que parece de Barcelona 29) de color rojo, la bufanda de color lila. Una boina opcional. Ofreces, en definitiva, todo el aire de un sonámbulo expulsado de un incendio; un sonámbulo que haya entrado corriendo en una tienda de ropa Humana (de las de prendas de cuarta mano) saliendo por la puerta de atrás habiendo arramblado con todo.

Pareces, además, arruinado, porque quedas con viejos amigos de forma interesada, del mismo modo que la gente en quiebra lo hace para pedirles dinero. O historias. Aquel amigo que no ves hace tiempo y que te suena que podría servir para aquel secundario, mensaje de texto conciliador. Eres, en definitiva, una urraca: todo lo que brilla puede ser susceptible de acabar en la novela. Como con el cerdo, todo se aprovecha.

Me cito con un antiguo amigo, que a traición (maldito insensible, ¡hemos venido a hablar de mi libro!) se dispone a relatarme la ruptura con su novia de toda la vida. Lo veo mover los labios desde hace un buen rato y asiento como un muñeco en el salpicadero de un coche: por inercia y sin convicción. Ajá. Tengo la mirada hueca, seguro. No le estoy escuchando en absoluto, porque hace exactamente cinco minutos en la mesa de al lado una pareja de adolescentes ha dicho la frase: “Creo que seremos jóvenes demasiado tiempo”.  La estoy repitiendo mentalmente para no olvidarla y poder usarla. Mi amigo continúa abriendo la boca y cerrándola (indudablemente: me recuerda a un pez boqueando).

- Y entonces fue cuando decidí ir a tu casa, meter Fairy en la aceitera, prenderle fuego a todos tus discos y encamarme con tu novia. ¿Me escuchas?

-    Sí, claro.

-    ¿Qué he dicho?

Silencio. Balas de paja ruedan entre mi amigo y yo. Pruebo:

-    Que echas de menos a tu novia y que si tenía fuego. Y algo del Fairy.

Estoy bastante orgulloso con la sinopsis que le he entregado.

-    Tío, es difícil discutir con un imbécil: te tienes que poner a su altura y ahí él tendrá más ventaja.

Eso es bueno, pienso. Muy bueno. Extraigo disimuladamente la libreta que siempre guardo en el bolsillo mientras ensayo un rosario de excusas y apunto por debajo de la mesa la frase que me acaba de decir.

-    ¿Qué haces debajo de la mesa?

-    Nada, frotándome las manos. Es que hace frío.

Voy en manga corta. La calefacción ha derretido los cubitos de mi refresco. Un vecino de la mesa contigua se ha puesto las gafas de sol porque los rayos restallan en las mesas de formica del bar.

-    En serio, ¿qué haces?

Lo siento. Este amigo es psicólogo. Seguro que está revisando la definición de psicópata: “marcado comportamiento antisocial, empatía y remordimientos reducidos”. Tengo que ofrecerle una explicación. Sólo me queda una salida.

-    Estoy algo despistado últimamente.

-    Tranquilo. Todo tiene arreglo. Hay cosas peores. Explícame…

-    Es que estoy…

→ No CommentsTags: ····

Hace dos inviernos (que hace tres años). ¡W, siempre!

diciembre 18th, 2013 · Sin categoría

Tres años harto

-”Hace tres años todo parecía perfecto, y no quiero ocultar / que siempre hubo un matiz o la sombra de una duda”.

-Creo que fui claro cuando te advertí de que hay un infierno reservado para los que arrancan un artículo con una cita de otro. El cuento más bonito del mundo,Kipling. ¿Recuerdas? No aprendes.

- ¿Ni siquiera cuando es un artículo de fiesta?

- No creo que éste lo sea. ¿Por qué lo estás escribiendo?

- Pues porque hace tres años. Porque los romanos contaban hasta tres con palos y luego la cosa ya cambiaba. Cuatro cosas son más difíciles de recordar que tres.

- Palos los que te daré yo. Todas las decisiones del Imperio Romano estaban encharcadas en vino, chaval. Hasta su dirigente más célebre murió por una mala resaca. Además, ¿una canción de Astrud? Podrías recordarme con una de los Clash, de los Fleshtones, de  Sam Cooke… con el Aserejé. Escribir es bailar. El ritmo, hombre, el ritmo; buscar un estilo hermoso, duro y elástico.

- Ya, pero hoy he leído un artículo maravilloso de Marcos Ordóñez donde recuerda que hace tres años que no estás. Falta un árbol, lo titula… Y habla de un sueño…

- A ver, te he dicho unas mil veces que a la gente le interesan nuestros sueños y nuestras infancias tanto como nuestros calzoncillos colgados…

- Colgados al sol, como banderines de fiesta.

- Colgados como calzoncillos; no te pongas estupendo.

- Pues yo también he tenido un sueño. Me ponía tus zapatones, como en la escena aquella de Barry Lyndon.

- Y te ibas al suelo, porque tienes pies de geisha. Ahora dirás que trataba mi tupé como el Pijoaparte de Marsé. Y de ahí a dar la murga con que  sientes un dolor fantasma… Pareces Maruja Torres.

- Esto no es por ti, es para que no se olvide lo que decías.

- Ya, y tú lo vas a conseguir con este melodrama, ¿no?

- ¿Cómo quieres que lo haga? “El novelista Francisco Casavella falleció tal día como mañana hace tres años“?

- Te falta el toque de calidad. Calza “apuesto” antes de Francisco y “pasó a mejor vida” en lugar de “falleció”.

- Pero es que no creo que pasaras a mejor vida. Morirse es fundir a negro.

- Nada es blanco o negro: todo es en blanco y negro. Además, la más atroz de las edades medias es la mediana edad del hombre. Me fui a tiempo. Inventa un final alternativo: una conga.

- ¿La que escribiste  para rematar El secreto de las fiestas?

- No, la tuya.

-Pero, “cómo confesar que llevo dos años harto, y éste es el tercero”.

-Otra vez citando. Piensa en el secreto.

-Pero hace tres años. Elevación, elegancia, entusiasmo. Tres.

¿Oíche? Es de muy mala educación decir la última palabra.

- Ya, lo mismo digo.

* Texto publicado en diciembre de 2011 en el diario ADN, cuando se cumplían tres años (ahora son ya cinco) del fallecimiento del novelista Francisco Casavella.

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El ABC(D) del Hilo

octubre 25th, 2010 · Sin categoría

Y, ahora, la del suplemento cultural del diario ABC. Aquí el Rey se muestra todavía más contento y está a punto de obsequiar a su amigo Julio con un tartazo (en la cara): Iglesias no lo sabe, pero las traviesillas que baten palmas y ríen arteramente sí. Por cierto, imprescindible el libro “Cream and punishment”, autobiografía gamberra del hombre que estampó tartas de nata en las caras de Bill Gates, Godard y muchos otros. En fín, al lío: ahí va la reseña.

SUTILEZA POP

La narrativa que pudiéramos llamar pop con cierta propiedad ha tenido mala suerte en nuestra tradición, contándose con los dedos de la mano las obras que han rebasado cierto límite de calidad. Desde aquellos lejanos textos de Manuel Vázquez Montalbán hasta estos de Miqui Otero, pasando por los de Francisco Casavella, sin ir más lejos, la narrativa de raigambre pop ha ido poco a poco abriéndose camino entre aquellos que la quieren encuadrar en una suerte de costumbrismo de ahora y los que, sencillamente, la desprecian como género muy menor.

Hilo musical, primera novela de Miqui Otero, que ha descollado en el periodismo musical, representa, sin ninguna duda, una de las obras más logradas que el género nos ha ofrecido en los últimos años. Su frescura, su imaginación, desbordante pero también aquilatada, las divertidas pero ajustadas tramas que inventa, los mundos que describe, hacen de este libro una divertida versión de la novela iniciática, eso sí, con la alargada sombra de Peter Pan sobrevolando la cosa, que es de lo que se trata en tiempos en que la adolescencia adolece de todo, como siempre ocurrió, menos de dinero. En esto no se puede ser más pop: rebosa colorido.

Juan Ángel Juristo.

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En el Cultural del Mundo

octubre 25th, 2010 · Sin categoría

El Rey de las tartas está satisfecho y contento por las reseñas publicadas. Tanto, que en la fotografía apunta con sendas Colt 45 hacia el espinazo de Marina Castaño y don Camilo (ellos sonríen). Cortipego, por ejemplo, la de El Cultural, de El Mundo.

En 1967, poco después de la muerte de Walt Disney, la revista satírica The Realist publicó una ilustración donde se veía a los tiernos personajes disneynianos entregándose al sexo. En primer término, Pluto orinaba sobre Mickey Mouse, al lado de la mesa donde Campanilla se montaba un peep show con los niños perdidos y Garfio. Cuenta Miqui Otero (Barcelona, 1980) en su blog que de esta ilustración surgió la idea para su primera novela, en la que los personajes forman parte de un mundo tan falso como el de las películas de Disney.

Su protagonista, un “viejoven” de 23 años, trabaja en un parque de atracciones donde todo el mundo va disfrazado. Sus cuitas en pos del amor podrían centrar una novela juvenil, si no fuera porque su cinismo y desengaño pertenecen al mundo adulto. Estamos ante una novela iniciática que nos lleva al mismo lugar de siempre: cómo crecer y a qué precio. Sin embargo, hay algo de novedoso en el discurso de este conejo humano que deja atrás la adolescencia: esa explosiva mezcla de ternura y humor y el modo en que se dirige al lector, un “tú” omnipresente, deudor de las redes sociales, que aquí adquiere textura literaria.

Rabiosa modernidad, honestidad e inmediatez singularizan una novela que interesará a quienes se perdieron en la frontera entre la adolescencia y la edad adulta, ya todo aquél que no quiera perderse lo último de lo último.


Care Santos

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Artículo ectópico en El País

octubre 25th, 2010 · Sin categoría

Este blog es un erial. Lo retomaré, pero estos días ando en otros asuntos. Cuelgo tres artículos para mantener un poco de actividad cerebral, aunque sea comatosa.

El primero lo escribió Helena Belmonte. Se trata de un artículo que es algo así como un embarazo ectópico: lo escribió pero no se publicó, porque salió uno más grande de Xavi Sancho en el mismo diario.

Neurosis de viejoven

Un joven que se siente viejo y un viejo que quedó anclado en la juventud. Un parque de atracciones, fiestas clandestinas y una chica con coleta alta y que dice “ ¿Sabes?” al final de cada frase ambientan la colorista Hilo Musical (Alpha Decay), la primera novela del periodista Miqui Otero (Barcelona, 1980), que narra la historia actual de un postadolescente desnortado con la emoción de un estribillo de Prefab Spout y una chispa que podría llenar una casa entera de risas. “ Tenía claro que quería escribir una novela divertida” , señala Otero. “ Hay situaciones tan absurdas que solo se pueden explicar desde el humor” comenta el autor, que opina que la guerra civil acabó con la
comedia en la literatura española. “ Todavía llevamos el traje gris de la trascendencia” , dice.

“ Tristán es una versión idiota de mi mismo cuando era joven” , señala, cigarrillo en mano y entre risas, el autor. El protagonista es un “ viejoven” , es decir, “ un nostálgico prematuro” . Algo que según apunta Otero es habitual en los que crecieron en los 80. “ Tenemos 30 años y sentimos una nostalgia terrible de cuando teníamos 8, en vez de disfrutar de lo que estamos viviendo” , apunta.

Inocente, un músico sesentón de rock que estuvo a punto de triunfar con su grupo Los Famosos, es el otro personaje clave en la novela. Un “ viejojoven” que pasa los días emborrachándose y lamentando lo que pudo haber sido. “ Hay una mitificación de la juventud que hace que la gente envejezca mal y que los señores se hagan mechas lilas y lleven zapatillas de colores raros cuando tienen que ir vestidos como Dios manda” , explica.

La novela también es una revisión del tardofranquismo desde una perspectiva pop, que según Otero significa “ explicar las cosas desde el margen” . En este caso, a través de los recuerdos de Inocente, que en aquella época compartía un piso ruinoso en el decadente Gótico barcelonés y trabajaba de cualquier cosa para poderles comprar guitarras
eléctricas a los marineros norteamericanos que amarraban en el puerto.

Hilo musical también es la historia del desengaño. Tristán, que llegó a la facultad de periodismo ilusionado, se pasea por los pasillos atolondrado, distrayéndose con los bolis de colores que las chicas de la clase usan para recogerse el pelo, hasta que encuentra otra alma perdida para encerrarse en un coche a escuchar, botella de Martini en mano, la misma cinta de cassette una y otra vez.

La elección de la primera persona está al servicio de lo que él llama anticinismo. “ Me gustan las personas que se maravillan con las primeras veces” , señala. “ Ahora la gente a menudo está de vuelta antes de disfrutar del camino de ida” , explica. “ Vivir las cosas es importante y es bonito” , explica. “ En los ochenta yo era un niño pero me llegaron los
ecos y coletazos de la generación de los 80, que estaba lacrada por el malditismo. La lacra de la nuestra es el cinismo.”

Otero se agarra al humor de David Sedaris o Georges Saunders y al de Kiko Amat y Francisco Casavella en el ámbito nacional. Su aventura narrativa acaba de despegar pero todo apunta a que irá para largo. Además de colaborar en el libro de Jordi Costa sobre comedia americana, el año que viene publicará su segunda novela. “ De esta solo puedo explicar que tiene que ver con mi obsesión por el retrofuturo. Por la promesa de cómo
sería todo y que desemboca en el desencanto” .

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Mas velvet feedback

septiembre 30th, 2010 · Sin categoría

Sin demasiado tiempo de escribir, cuelgo los articulazos de Qué Leer y también de Time Out (muchas gracias a Jordi Nopca y a Philip Engel). Falta el de EP3 de El País pero no tengo el PDF (en mi PC). La semana que viene, más y mejor.

Alpha Decay pág[1].80,

TOB136P74

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El sol de los mimbres

septiembre 27th, 2010 · Sin categoría

Yo no hice la mili.Yo entrevisté a Javier Calvo a los 22 años.

“¿Pero vas a enchufar eso?”, me preguntó, con la delicadeza de un tornero fresador. “Te recomiendo que para hacer una entrevista, pulses el botón de grabar. Así igual pones algo de lo que te he dicho”, añadió, con la sabiduría de un filósofo con metralleta.

Porque yo llevaba diez minutos de entrevista sin sacar la grabadora. Y porque quizás mi cara de lenguado no era una invitación a la confianza en una memoria prodigiosa como el chip. Porque megüé en mi tamaño alarmantemente como el Dr. Slump cuando se deja raptar por sus hipocondrías y sus miedos.

Aquello sucedió en el bar de los sofás. En uno de esos bares de diseño, fruto de la curda olímpica que, resaca bíblica mediante, amnesió cualquier posibilidad de otro tipo (anterior) de ciudad (y de bar), que en realidad nunca llegamos a disfrutar (pero es que uno nunca debería escribir sobre sus nostalgias, sino sobre las de sus mayores).

Semanas después salía la entrevista. “Soy siete veces más grande que tú”, la titulé.

Luego procedí a encerrarme como Holmes en sus épocas de tocarse el violín a dos manos. Como un ikikumori con antecedentes penales. Como un mequetrefe que juega al escondite (detalle: el mocoso es judío y le toca pillar a un oficial de bigote recortado, erres arrastradas y monóculo, que le quiere dar por exactamente las dos últimas sílabas de la palabra que refiere la lente que lleva en el ojo).

Pero Xavi me escribió. Descojonándose. Le había gustado la entrevista. Lo otro era una especie de prueba para periodistas desnortados que quedan en bares con sofás y que no tienen la delicadeza de enchufar la puta grabadora.

Ocho años después, Xavi lanza su novela Suomelinna en el mismo sello y mes que Hilo musical. Un libro, corto y grande, que es un tambor de Xavi concentrado: death metal, audaces juegos con el lector con el humor como motor -pero juegos ludicos, no pesados, juego como los de Tibor Fisher, por poner un ejemplo-, pulsiones de nobleza oscura y frío adolescente. Y la constatación, quizás triste pero honesta, de que nuestras existencias son coreografías, de que todo conato de innovación es la copia de un estereotipo ya escrito, de que todo lo que te ha pasado, ya le ha pasado a alguien y lo ha sentido del mismo modo.

Llego a Suommelina aún sacudido por el impacto de Corona de flores. Ecos de Cunqueiro, de la novela decimonónica inglesa, de Holmes y de Lupin, de folletín de alto quilate (el folletín, lo dijo alguien, es ancho), de gas victoriano, del misterio de la escritura. Corona de flores debería ser una saga. Sus entregas llegarían al puerto de Nueva York y los de allí recibirían a los europeos y los coserían a preguntas para saber qué es lo siguiente que pasa con los personajes de Calvo. Poque tiene madera (de boj, que diría el del orinal) de ficción perdurable. Sin concesiones ni giros baratos, tiene madera de libro que debería ocupar las manos de todos los viajeros de los vagones de metro. Porque Calvo es como un escritor de la academia de X-Men, que controla ahora más que nunca sus poderes, que no lanza bolas de fuego con un chasquido sólo porqe puede hacerlo, que pone su don al servicio de algo importante: la trama, la emoción, los escotillones literarios abiertos a todo el que quiera asomarse al interior.

Suomelinna, aun escrita antes que Corona de flores, llega envuelta en los ecos de ésta. La corona de flores letal con la que quieren tocar lacabeza de la protagonista de The Wicker Man, la película que más veces ha visto -más que nadie- la protagonista de esta novela corta -incluso más veces que el autor de la novela y que el plumilla de este texto-homenaje-.

Calvo se sube a un barco rumbo a Finlandia para explicar las peores (que son las mejores) pulsiones adolescentes. Pero esto no es una metáfora. No es una metáfora. El que le reclame metáforas, recibirá ventiscas y conjuros de Crowley. El que quiera metáforas, que espíe en los Facebook o que busque narraciones flácidas en tapas duras.

Suommelina es la canción death metal de Xavi. Redonda y astillada. Sin estribillos ni rodeos. La paloma de cierto tipo de literatura ensartada en una novela-flecha.

Aún acopla chillidos, samplea recursos, versiona escenas y no ahorra ambición incluso al detalle, incluso en la distancia corta. Pero el hermetismo brilla por su ausencia con el fulgor y el peligro del fuego primitivo. Y todos nos sentamos en círculo a escuchar la historia y a presenciar el rito. A celebrar la hoguera y el incendio. Calvo ya es un Tusitala (de los que casi no quedan), un contador de historias que maneja todos los trucos de mago (negro) experimentado. Que posee en exclusiva algunos mimbres.

En otra ocasión hablé con Xavi del cine de Anger (hasta que llegaron otros con otras historias en un bar que ya sabíamos prescindible), incluso un día charlamos sobre Kingsley Amis y su humor de mascletá.

En Hilo hablo del comportamiento de los delfines, que buscan rutas siempre acompañados de experimentados atunes. Querría ahorrar al lector la broma de usar el apellido del escritor, nombre también de una conocida marca de atún y bonito del norte (del norte como el viento del norte, como las novelas de Calvo). Pero no puedo hacerlo.

Parece un feliz desenlace hacer este pequeño viaje con Suommelina. Compartir al menos un mes la travesía a cascotes polares. Ejercer de grumete con el pirata-capitán que me dio esa necesaria colleja (y aquí la colleja no debe leerse en sentido literal, como sí debe leerse su novela y los elogios de este post). Si hago una metáfora más, me corto el undécimo dedo.

La lectura como lujo al alcance de todos. Celebremos, hasta la hora de los sacrificios, esta ofrenda literaria. Viajemos a, aprendamos de, Suomelinna.

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Prisonero de las referencias

septiembre 10th, 2010 · Sin categoría

“Los periódicos son como las salchichas. Nunca quieras saber cómo se han hecho”.

La cita sirve también para las novelas. Sin embargo, me he obstinado, en un ejercicio imprudente e impúdico de charcutería, en desvelar motores ocultos de Hilo musical.

Expondré, también, que en toda novela con la que me reboce y disfrute realmente, debe haber un alto componente de primera persona. De experiencia. Simplemente, es más fácil y riguroso hablar de lo que conoces. Corres el riesgo, si no lo haces, de acabar escribiendo El código Da Vinci o una entrada de Wikipedia. Si lo conoces, sabrás explicar el matiz. Si no sabes de qué hablas, es bien probable que el texto acabe conenado a la macabra dinámica del juego del teléfono. El primero susurra al oído del segundo “Quiero un bañador nuevo para este verano”, y el cuarto le chiva al qunto, totalment convencido de que no falta  la verdad, “Mi abuela tiene algo realmente raro en el ano” -situación especialmente embrazosa si el quinto es tu abuelo-.

Sin embargo, quizás lamentablemente, nos han bañado con el spray referencial en la cadena de montaje que son las alas de nacimientos de los hositales. Bromeamoscon chistes de pelis y hacemos tonterías como los héroes de los tebeos. Hilo musical pretendía ser honesta, sincera. Pero parte de ello pasaba por echar mano de referencias más o menos ocultas que están al servicio de la intriga del relato, motores escondidos en el mecanismo.

Uno de ellos es la serie de los sesenta El Prisionero. Un espía, empantanado en las tensiones absurdas de la Guerra Fría, que, como el personaje de Chesterton, “sabe demasiado”. Decide presentar su renuncia, una decisión aparentemente noble. Un agente misterioso lo seda y aparece en The Village, una especie de resort de lujo impersonal donde le intentarán sonsacar toda la información con las más mefistoféicas torturas. Todas psicológicas. Ninguna física: es demasiado importante como para herirlo.

Perdidos está violentamente influida por esta serie -Abrams es muy listo: antes de que le canten las cuarenta por copión, lo admite e incluso pone sus maravillosos libros en plano (de La colina de Watership a Trampa 22)-.

La Gerra Fría fue ese nodo de relatos histéricos difícilmente recreable y aún meos repetible. Estamos hablando de un periodo en el que, se dice, se comenta, todo el equilibrio mundial dependió de una frase como “Gambito de rey”, un movimiento de ajedrez que podía decir la partida de ajedrez entre el representante yanqui, Bobby Fisher, y e soviético, Boris Spassky. El villano contra el héroe ordenado. Ya sabemos quién ganó.

La nuestra no es una época tan atractiva narrativamente. Pero quiero pensar que se cuecen habas en todoslos lados. Y que el The Village de El Prisionero plantea las mismas renuncias, hipocondrías o dilemas que el Villa Verano de Hilo musical o el Marina d’Or de nuestro dramático -por triste, no por excitante- mundo real (que nos ha caído en desgracia).

Para entender El Prisionero, escribí un artículo quilométrico hace un par de años para La escuela moderna, impagable -implacable- fanzine-fecha editado por los hermanos Amat. Se puede leer rebuscando en el siguiente link:

http://www.dotstation.es/Img/Descargas/escuela03.pdf

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Las catacumbas de Disneylandia (y de Villa Verano)

septiembre 7th, 2010 · Sin categoría


UNO.
Titulares con gancho, reclaman el docente y el director. Y, a menudo, las dinámicas azarosas de una civilización que tiene como único motor el absurdo conceden el deseo. Aquí, tres ejemplos:
1) Fallece el chelista de la Electric Light Orchestra sepultado por 600 kilogramos de heno.
2) Detenido un hombre por tomar al asalto un club de Granada al grito de “esta noche manda mi polla”.
3) Arrestan a Mickey Mouse y a Peter Pan en el parque infantil de Disneylandia, en Anaheim.


DOS.
La lectura de estos titulares totalmente verídicos dispara imágenes en el lector del diario: el Pato Donald, amonestado por pasearse con la chaquetita de marinero y en pelota picada de cintura para abajo; Blancanieves sufre el conato de bukake de siete enanos; Campanilla cobra ilegalmente lap-dances en los rincones del parque.
La realidad, claro, es otra. Los detuvieron por manifestarse en el Lugar Más Feliz de la Tierra para reclamar seguro médico y para protestar por los recortes de jornada y salario.
El mundo de Villa Verano, parque temático que sirve como escenario de cartón piedra para Hilo musical, surge de la suma de estos dos vectores: la interpretación fantasiosa de los hechos por la vía de las reducciones al absurdo y la realismo de este tipo de manifestaciones de las que ahora daremos cuenta y detalles.


TRES.
Leo en Mientras escribo, el honestísimo manual de escritura de Stephen King, que todos los relatos nacen de una imagen. La de Hilo musical fue el precioso lienzo publicado en la revista satírica The Realist, en 1967, meses después de que Tito Walt se mudara a otro barrio –al barrio de Elvis, Jim Morrison y Robert Smith- o lo criogenizaran.
El dibujo es un espejo deformante del Lugar Más Feliz del Mundo. También es, a su modo, revelador. Versión gamberra del Jardín de las delicias del Bosco, revela muchas de las leyendas y realidades que han forjado el mito de las catacumbas de Disneylandia.

CUATRO.
Porque esta dualidad entre el mundo aséptico y coreografiado de la superficie y el oculto, la logia secreta subterránea y las fiestas prohibidas, es otro motor de la novela. Villa Verano es una versión libérrima y de nuestra costa, hija espuria de la cultura del ladrillazo.
En Disneylandia, se rumorea que nadie puede morir -en Villa Verano, nadie parece crecer-. Si lo hace, lo llevan fuera del recinto, ni que sea a un par de metros, para que no contamine el lugar. “Han venido a evadirse y la magia nunca se puede romper”, era el lema de Walt. Así que todos los trabajadores deben dejar sus coches a un par de quilómetros y subirse a un autobús que los lleva por unos túneles subterráneos a los lugares donde deben cambiarse de ropa.
Son muchas las leyendas que circulan sobre la vida en las catacumbas de Disneylandia. Y muchas las que ha recogido Tyler Gray en su libro Wild Kingdom, donde entrevista a testimonios de primera clase como un ex Pluto o un hombre que ha interpretado a Donald, Minnie y a cinco de los siete enanitos Allí se cuenta que los trabajadores, a seis dólares la hora, se evaden en bacanales y se drogan más que Maradona para poder soportar tener que sonreír todo el rato y hacer el mono para los niños. Son famosas, también, las películas que ruedan allí, con los animales de peluche empalándose, bebiendo wisqui y fumando marihuana. Las estrenan en un banquete anual para los personajes que tiene lugar en algún punto de so más de dos kilómetros de túneles que recorren el complejo. Películas con stripteasse de la Sirenita o bailes raperos de Pluto.
Esos pasadizos son conocidos como el zoo, porque conviven en armonía ardillas con perrotes y con ratones con minifalda indecente. Allí es donde se relajan de la coreografía lobotomizada que deben desarrollar ahí arriba, en la superficie, donde suena el hilo musical. No sólo en ellos se divierten los personajes, también lo hacen en el Vista Way, un complejo de mil habitaciones para los trabajadores más pobres, donde no van cortos de fiestas.
También se sabe que existe un selecto club, el Club 33, al que se accede por una puerta de la atracción Piratas del Caribe. Una suerte de club de polo, con cuota anual de 15.000 dólares, donde se puede beber y fumar -algo que no se puede hacer en el resto del recinto-. No os apuréis, la lista de espera para inscribirse supera los tres años, y el mundo subterráneo es muho más divertido.
Pero, más allá de todo lo que sucede en las mazmorras de los trabajadores, mi anécdota favorita sobre Disneyworld es la que protagonizaron los Yippies, uno de mis grupos contraculturales favoritos, hermanos malotes y divertidos de los ya sedados como lemmings hippies. A finales de los 70, decidieron protestar contra el código estético y de valores de Disneylandia y contra la colaboración de la empresa en la guerra de Vietnam. Repartieron 500 flyers con su propaganda distribuidos donde se daba un programa del día que incluía un desayuno de Panteras Negras, un encuentro subversivo en el bote del Capitán Garfio, un curso de autodefensa, una barbacoa en la zona del cerdito de Bugs Bunny o, lo mejor, la Liberación Oficial de la Isla de Tom Sawyer. Allí fumaron marihuana como locomotoras, gritaron que se dirigían a Camboya e increparon a algunos animalicos, mientras los visitantes, en defensa de tamaño ultraje, se defendieron gritando a pleno pulmón God bless america. El recinto, por primera vez, cerró cinco horas antes de lo previsto.

Y CINCO.
Son muchos, e inescrutables –con o queda mejor: inescrotables-, los caminos narrativos que pueden llegar a explicar una situación o a tomar el pulso de unos años. La ciencia ficción, visionaria, siempre será más veraz que el costumbrismo para explicar las histerias y megalomanías de una civilización. Lo mismo que el humor, el único que –Vonnegut, Heller, Pynchon, Mel Brooks- pudo buscar salida a la Segunda Posguerra Mundial.
Villa Verano, también Hilo musical, se quiere colocar silenciosamente, y presentando todos sus respetos, en esta tradición.

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Las historietas del Hilo musical

septiembre 6th, 2010 · Sin categoría

El Hilo musical que escuchan en el banco los atracadores con careta de Donald mientras las sirenas esperan fuera, el que precede el leñazo cinematográfico de aquel avión multirracial, el de la sala del dentista con parkinson y el del ascensor donde esperas la apertura de puertas flanqueado por: Izquierda, Adriana Lima con mucho calor; Derecha: el Monstruo de Amstetten con mucha hambre.
El Hilo musical es ese masaje sónico al servicio de nuestra comodidad más fofa y flácida. Esas versiones vacías y tan silbables. Huecas como una piñata a la que ya le han dado la hostia de gracia.
La diferencia entre la versión original y la del Hilo musical, entre escuchar y oír, entre vivir y sobrevivir.
Imágenes hay muchas:
Ejemplo 1: La pantomima inmunda del Concierto de Año Nuevo en Viena, con el director dándole el culo a la orquesta y sonriendo a una platea enjoyada que bate palmas y ríe y tararea con los ojos entornados La Marcha Radetzky, una pieza militar que también fue hilo musical de salvajadas de las guapas –quizás este cabreo viene también de asociar la musiquita a algunas de las peores resacas peor llevadas de mis Nocheviejas-.
Ejemplo 2: La canción Ain’t got no Money, una oda a las clases más desfavorecidas cantada por Nina Simone usada para anunciar coches de lujo BMW. A ver, la canción dice: «no tengo casa, no tengo zapatos, no tengo dinero, no tengo ropa… pero tengo corazón», así que debemos entender que los BMW los regalan en los comedores sociales. Este tipo de de vampirización asquerosamente cínica por los que la hacen e imbécil por muchos de los que la aceptan es otro motor oculto de la novela.

Pedí a dos amigos que pensaran en un pequeño cómic que ilustrara este tipo de historieta, sobre el Hilo musical. Sergi Puyol, guitarrista de Le Pianc y con tebeos publicados en Apa-apa Comics, y Quique Ramos, activista incansable, portadista de relumbrón y comiquero irredento, aceptaron. La canción es A Foggy Day. Sergi tira el guante y Quique lo recoge. Y los tres pensamos algo muy parecido.
¡Grazie mile als dos!
PD, Si no lo leéis bien, clicad: la imagen se expande y los bocadillos -además de comerse- se leen mejor.

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